domingo, 10 de noviembre de 2013

Back One Out en Alcalá de Henares o el concierto perdido:

Este jueves pasado la temperatura era agradable pese a que un cielo de color de ceniza nos amenazaba desde arriba, no había ningún partido de fútbol intrascendente (toda esta Liga lo es) que nos distrajera, había un concierto a la vista, la hora de inicio era más o menos aceptable teniendo en cuenta aquello tan gracioso del 'juernes', la promoción del evento fue igual o superior a la de otras ocasiones, era entrada libre y el estilo musical de la banda encajaba con el gusto de la comunidad universitaria y joven de la ciudad. A priori, todos estos factores tan positivos hacían prever que la noche iba a ser más que positiva pero, mire usted por dónde, resulta que al concierto no acudió ni San Pedro... Así. Sin rodeos.

Debido a esto, durante toda aquella noche y en días posteriores estuvo rondándome la siguiente pregunta: ¿Qué leches nos ocurre en Alcalá de Henares?


Back One Out fue la banda que tocó aquella noche en la sala EgoLive. Un pequeño gran honor, pues con esta fecha fijada en nuestra ciudad, se abría e inauguraba la gira por toda España que este grupo italiano, constituído en torno al cantante Thomas Cateni y a los hermanos Andrea Velgi y Alberto Velgi a  la  guitarra  y batería,  está realizando a lo largo de este mes de noviembre.
Pese a la juventud de esta formación, hay que señalar que la gente de BOO lleva tocando junta más de diez años, cuando siendo unos mozuelos que iban todavía a clase allá en su Livorno natal, empezaron a darle duro a esto de la música, de la melodía y de los ritmazos gordos, teniendo por referentes y ejemplos a seguir a bandas de Punk Californiano como Lagwagon o Strung Out.

Informándome previamente sobre la biografía de Back One Out y escuchando después su discografía es fácil hacer un paralelismo y reconstruir paso a paso la (negra) historia reciente de la industria discográfica así como ver la vida y el reflejo casi prototípico de las jóvenes bandas de los últimos años. Si analizamos biografía y discografía podemos ver un desarrollo de acontecimientos que consta de tres fases o movimientos:
El primer movimiento es el del auge temprano y coincide con el lanzamiento en 2006 del primer disco grande de la banda, 'Helpless'. Un álbum que fue masterizado en USA por Alan Douches (ingeniero de sonido de Fall Out Boy, Chemical Brothers y otras tantas bandas de cierto prestigio) y publicado en toda Europa por distintas discográficas y distribuidoras como Ammonia y Edel. No se podía tener más suerte. Iniciar la carrera discográfica en la época de las vacas gordas... Un disco repleto de melodías y canciones redondas como “From Streets To Sidewalks”, “Little Alice” y “Redemption” entre otras que ya aparecerán mencionadas a lo largo de la crónica.
El segundo movimiento es un poco más complejo, menos fácil, pero a la vez necesario en la vida de todo artista. Es el momento en el que la interesada industria discográfica ya ha exprimido y explotado todo lo que tenía que exprimir y explotar y empiezan a retirar todas sus fichas del tablero de juego. La mal llamada “crisis de la música”. Esto es lo que les ocurre a Back One Out en 2011, año en el que deciden seguir adelante y autoproducirse su siguiente LP, titulado 'Swallowed By Future' y que no les consolidaría como mediáticas estrellas mundiales, pero sí como auténticos currantes de la música. Estas vivencias, este aparente y real desengaño dio lugar a un sonido más crudo y punzante como se puede escuchar en los temas “Love To Live”, “Drawbacks” y “Never Come Around”.
Y llegamos al tercer y último movimiento (por el momento). Nuevamente autoproducidos, estamos en 2013 y con 'It Could Be Worth It' los italianos suenan más compactos y sólidos que en sus anteriores trabajos, mostrando de nuevo las múltiples facetas que componen su fenomenal obra: la celeridad del Punk en “The Price We´ve Got To Pay”, la precisión del Metal “Rider For A Bloody Night”, el sentimiento del Rock en “Once Again” y las voces del Pop en el tema que da nombre al disco. Y mira que a mi estas mezclas no me entusiasman mucho...



Se acercaban la medianoche y el público no acudía a la sala. Dentro no éramos más de diez asistentes. Con la idea de que el poco público que ya estaba dentro no se impacientara, se quedara y hacer un poco más de tiempo hasta que viniera el resto del contingente, se pactó con BOO la idea de dividir la actuación en dos tandas. Así fue como llegada la hora oportuna la banda se subió al escenario para tocar una pequeña serie de canciones con una precisión instrumental casi quirúrgica: “No Way To Fly”, “NIP”, “Fall And Rise”...



Las canciones que se pueden escuchar de ellos en estudio, siendo muy buenas, no hacen justicia a la robustez y solidez que presentan en directo; las series de acordes fluían con una potencia y seguridad notable; el bajo siempre estaba ahí, firme y tenso; las voces de Thomas y Andrea se acoplaban perfectamente; y la espectacular batería de Alberto retumbaba con una presencia visual (era pasmoso ver las piruetas que hacían sus baquetas) y un rigor sonoro tal (la velocidad de golpeo, el dominio de todo su equipo, ese bombo aparentemente doble...) que me resultó extraño y hasta incómodo notar el frío vacío de la sala porque ¿qué es lo que ocurrió al finalizar la primera mitad del concierto? Pues yo os lo digo: que en el intermedio no es que no viniera más gente, sino que muy al contrario, la que ya había, se marchó...

Así es. La sala quedó vacía. Literalmente. Durante la segunda parte del concierto los únicos espectadores fuimos los camareros y servidor. Nadie más. La primera vez que vivo un acontecimiento así de triste. Tan desolador, que sentí vergüenza en mis mejillas y pena por los chavales de Back One Out, que pese a ser italianos (nóteseme la broma entre tanta desgracia) mostraron una disposición y profesionalidad encomiable desde el principio al final de la noche pues en este segundo acto, sin nadie que les aplaudiera y jaleara, lograron sobreponerse y no caer en la desidia o la desgana. Siguieron de pe a pa el plan establecido en su set-list, sonando uno tras otro temazos como “Helpless”, “No Romance” o este “My Solitude”:



Fue tal el aplomo y el saber estar de BOO que hasta tuvieron el cuajo y el señoría de tocarse unos bises y todo... Inaudito... Asombroso.

Al final del concierto no pude más que acercarme al tenderete, pillarme sus discos y charlar un poquejo con ellos en una mezcla de italiano e inglés para pedir disculpas por todo este desatino, desearles mucha suerte en la gira y decirles que  habían sonado cojonudamente.  Sombrerazo para ellos,  sí señor.



Camino a casa le estuve dando vueltas a lo vivido y así seguí, rumiando en mi interior hasta el día siguiente, cuando me dispuse a hablar y escribir, llegando finalmente a la conclusión de que en Alcalá tenemos lo que nos merecemos porque nos comportamos como lo que somos: una ciudad de segunda que va camino de convertirse en una ciudad-dormitorio más de Madrid, sin personalidad propia. El que escribe esto es más de Alcalá de Henares que las garrapiñadas, pero cada vez siento más la pérdida de identidad y el poco respeto y amor propio que sienten mis convecinos hacia esta ciudad. Un error que se manifiesta en este caso en el escaso apoyo o participación que tienen los ciudadanos hacia otras formas de cultura (ese concepto clave que nos hace tan distintos a los alcalaínos respecto a otras ciudades) que son paralelas a la clásica, tópica, típica y manida concepción de cultura que fomenta y promueve nuestro Ayuntamiento. Lo que me revienta tademás es que haya gente que se queje porque la cultura oficial de Alcalá es pobre, que no se promueven otras formas culturales, que no se promueve la música, que no vienen músicos de nivel, que merecemos algo más, que hay que ir siempre a Madrid para ver buenos conciertos y luego a la hora de la verdad , cuando hay que salir, se quedan en casa tocándose los 'cataplines'... Nos hemos vuelto demasiado cómodos. Falta actitud y compromiso.

Y puede haber gente que replique. Bien, veamos. Saquemos réplicas:
La primera, que hay crisis y que no se puede salir de casa... ¡Que me lo digan a mi, que llevo desde el 2008 sin tener un trabajo decente salvo los veranos como monitor! ¡Además, que el concierto este era de entrada gratuíta! ¡Gratuíta! ¡Quien algo quiere algo le cuesta! ¡En este caso simplemente salir de casa!
Y ya la segunda réplica o excusa no me vale... La del frío. ¡Venga ya! ¡Que yo vivo en la Plaza del Barro y el EgoLive está en la otra punta de la ciudad en El Val y voy y vengo a patita porque por lo que he dicho antes no tengo automóvil y no pasa nada! ¡Incluso en invierno! Y repito otra vez ¡Quien algo quiere algo le cuesta! Lo que me lleva a pensar que en este mundo actual la sociedad no quiere nada, está apática... Chuchurrida.

Ya se arrepentirán los huevones cuando estas interesantes opciones musicales (EgoLive, Flamingo, Tic-Tac y demás locales) se vean abocadas a anular conciertos y hasta a chapar, porque tal y como están las cosas...

La pena será que nosotros sí lo echaremos de menos.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Lydia Loveless en Alcalá de Henares - 31/10/2013 - EgoLive:

Telarañas de mentira, escaparates llenas de calabazas, gente con la cara pintada por las calles, Country Rock Alternativo y un poco de desencanto... Esas fueron las referencias principales y las coordenadas básicas por las que nos estuvimos moviendo la pasada y "jalogüinesca" noche del jueves 31 de octubre.


Tal y como ya os anunciamos hace un par de días en Du-Dum-Dum, la sala EgoLive iba a tener el placer de recibir dentro de su apretadísimo calendario a Lydia Loveless: una joven artista procedente “directamente desde USA” que, precedida de un gran cartel, se ha estado recorriendo y trabajando durante una semanita nuestra geografía desde La Coruña hasta Jerez, pasando por Bilbao y Alcalá de Henares entre otras localidades para enseñarnos su arte, su sonido americano. 


Se puede leer todavía en la publicidad confeccionada para los conciertos que con sus 23 añitos, la menuda Lydia ya parece por su aplomo toda una veterana, una de esas mujeres frías y distantes, de armas tomar, curtidas en los peores (o mejores) antros del estado de Ohio. Una dama que tiene el talento y la capacidad para poder sonar dulce, elegante y sobria pero también salvaje, electrizante y agresiva... Pues bien, en un primer momento todos esos elogios parecían tomar forma y corroborarse cuando informándonos y contemplando diversas actuaciones en las que se ve con total claridad como Lydia Loveless y su banda eran capaces de enfrentarse con toda la naturalidad del mundo a registros tan opuestos como lo son el eléctrico y el acústico, para salir intactos y airosos de tal empresa. Una prueba de ello, son estas dos maravillas de aquí abajo:





Como íbamos diciendo, por todo esto (la publicidad y las pruebas sonoras) parecía que el sonido americano de Lydia tenía por virtud la diversidad, el contraste, la profundidad y la riqueza de matices. Propiedades todas ellas que de verdad nos gustan mucho, pero que aquella noche tristemente no pudimos observar o apreciar por ningún lado, pues desde el principio al final todo el recital se movió siempre en una misma línea, en una única dirección. Fue un concierto donde hemos decir en honor a la verdad que el apartado vocal que demostró Lydia fue soberbio (y es que para cantar debes haber nacido en los ‘states’ sí o sí) pero donde lo instrumental pecó pese a su corrección de lineal y de plano, como carente de sorpresas… De más poso.

Y no fuimos los únicos en sentir ese pequeño vacío, pues esta impresión la pudimos compartir con otros compañeros allí reunidos. En nuestra opinión, el contraste es lo que genera en el oyente la tensión, la emoción. Esperábamos encontrarnos con algo similar en el Ego, con una constante de subidas y bajadas, con un torbellino de sensaciones, que la voz de Lydia nos acariciara suavemente para poco después sacudirnos a base de guitarrazos pero tristemente hemos de decir que no fue así.

El presentimiento de que algo no iba a marchar del todo bien empezó cuando nos asomamos al escenario y notamos la ausencia de una guitarra acústica. Ahí es cuando empezó a rondarnos esa sensación que no se fue nunca.



Como la sala tardaba en caldearse, Todd May (el guitarrista de la banda y también telonero) decidió agarrar su Telecaster y amenizar un poco al respetable que estaba esperando a que empezara la función. Aunque el color de sus mejillas, el estado acuoso de sus ojos y los vaivenes nos indicaban que estaba un poco perjudicadete de lo suyo, el señor interpretó un buen puñado de canciones descarnadas y punzantes para promocionar su disco en solitario titulado ‘Rickenbaker Girls’ y que sirvieron para que la gente se fuera acercando un poco más al escenario, en espera del plato principal, pero todavía quedaba un poco más por esperar. Tras esto, Lydia se subió al escenario, acompañó con su bella voz en un par de temas al bueno de Todd y con la misma dejadez con la que se subió, se bajó... Y hubo otro pequeño parón. Hecho que nos hizo pensar que que lo que hubiera estado realmente genial sería haber traído a una banda o a un artista local, porque como bien apuntó un asistente al concierto, éstos habrían atraído a un pelín más de público, se estaría más apretadito y calentito… Pero tampoco fue así.


Del concierto poco más podemos decir salvo tres cosas: la primera, que la banda al completo tocó impecablemente bien la selección de los dos únicos discos publicados hasta el momento de Lydia (‘The Only Man’ -Peloton 2010- e ‘Indestructible Machine’ -Bloodshot Records 2011-) con una energía, una fuerza y una distorsión tan cercana al Punk que hay que agradecer al baterista de nombre desconocido, al melenas del bajista-esposo Ben Lamb y a ese Todd May echo polvo apoyado a la pared, pero eso sí, con una fuerza tan carente de registros, que llegó a caer en la monotonía. La segunda,  que el provenir de Lydia como cantante y compositora está completamente asegura. Y finalmente la tercera, que las ideas y esperanzas que alberga uno en su interior a veces no se llegan a cumplir. Lástima.

Menos mal que vino una preciosa brujita y…